“¡Ay, caramba!”, un concurso

Como ya decía Francisco Umbral: “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. En realidad, es nuestro libro, porque lo hemos ideado entre Ingeborg Spiegeler Castañeda y yo para Langenscheidt. Aprender el idioma de forma diferente es lo que propone Langenscheidt con este nuevo “libro de actividades” titulado ¡Ay caramba!. Dibujos afables, datos curiosos y algún que otro ejercicio loco desafían la creatividad en este curioso curso de español. No me extiendo mucho más porque puedes encontrar información detallada sobre el libro aquí (en alemán). Prefiero ir al grano:

Langenscheidt y yo sorteamos tres ejemplares de ¡Ay, caramba!.

¿Y qué tienes que hacer para participar?

Comenta brevemente (aquí o en Facebook) dónde has aprendido español y por qué necesitas este libro. Las tres respuestas más originales se premiarán con un ejemplar respectivamente. Tienes hasta el 22 de abril 2018, a las 0:00 h, para participar (solo a nivel de la UE). Los tres ganadores se anunciarán el 23 de abril aquí y en Facebook. ¡Mucha suerte!

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Dios los cría, y ellos se juntan

¿… o tal vez no? Contando mi época de estudiante llevo unos 20 años viviendo en España, en los que he tenido diferentes enfoques y fases a la hora de tratar con mis compatriotas alemanes. Corregidme si me equivoco, pero creo que, generalizando un poco, los alemanes, hasta cierta edad, tendemos a evitarnos cuando vivimos en el extranjero, y los españoles tienden a buscarse. Esa, por lo menos, es mi sensación, aunque hay quien afirma lo contrario. ¿Existe esa diferencia cultural que creo ver? ¿Depende de la edad? En mi caso, parece que sí…

En mi época de estudiante erasmus, si bien compartía piso con dos chicas alemanas, en general, me relacionaba más con españoles, sobre todo, gracias a un intercambio con estudiantes de alemán, entre los que hice amigos que me duran hasta hoy. Al poco tiempo de venir de erasmus a Valencia, conocí a mi futura mujer y, a través de ella, a sus amigos y su familia. Como quería mejorar mi español, me venía de perlas esta “inmersión lingüística total”. Aparte, no le veía mucho sentido venir a España para luego rodearme de alemanes. Digamos que no los rechazaba, pero tampoco los buscaba.

Cuando me mudé a España en el año 2000, mi entorno era exclusivamente español, tanto por las circunstancias como por iniciativa mía. Simplemente lo preferiría así: conservaba mis amigos de la época de erasmus, y, gracias a ellos, iba conociendo a más españoles. Luego empecé a trabajar en una empresa exportadora de fruta y verdura, sobre todo para el mercado de habla alemana, y tenía a compañeros alemanes y alemoles. Tenía un trato cordial o incluso amistoso con ellos en el trabajo, pero en mi tiempo de ocio seguía quedando sobre todo con amigos españoles. Sabía de la existencia de grandes comunidades de extranjeros en otros lugares (noruegos en Alfaz del Pi, ingleses en Benidorm, alemanes en Torox, por citar solo algunos pocos ejemplos, aparte de las Baleares y las Canarias con altos porcentajes de residentes alemanes), y no me atraía mucho la idea de vivir en una especie de “burbuja alemana” en Valencia. Para nada estoy en contra de intentar relacionarse con connacionales al vivir en el extranjero, porque es de suponer que tienen intereses afines. Además, cuando se emigra con pocos –o incluso con cero– conocimientos del país de acogida, de su cultura e idioma, se suele hacer piña con gente que está en la misma situación. De ahí, a veces, surgen las agrupaciones más variopintas (de alemanes en España, de españoles en Alemania), periódicos, etc. para preservar su identidad cultural o el contacto con la patria o por cuestiones laborales. Juntarse (solo) con compatriotas también es una opción para gente que, por edad u otras razones, no quiere o puede sumergirse en la cultura del país de acogida, pero me parece un estilo de vida muy artificial y limitada a una burbuja que pretende simular su patria. Ya sé que hay más opciones entre “huir” de los compatriotas y rodearse de ellos, pero personalmente, en mis orígenes de alemol, prefería estar con españoles para empaparme de la cultura española (sin renunciar a la mía, claro).

En el 2003 me di de alta como traductor e intérprete autónomo, y mi relación con los alemanes en Valencia cambió un poco desde entonces: De los contactos profesionales –clientes y compañeros– surgieron amistades, y agradecía y agradezco tener una buena relación con compatriotas para seguir en contacto con mi cultura de origen y con mi lengua materna, algo imprescindible para poder ejercer mi profesión.

Cuando nacieron mis hijos en el 2012, mi disposición a hacer amigos alemanes aumentó todavía más: para intercambiar experiencias en la educación (lingüística), pero también para transmitir a mis hijos esa cultura que, de otra forma, solo conocerían a través de mí. Poco a poco empecé a buscar estos encuentros activamente, por ejemplo, organizando cuentacuentos para niños alemanes. Aunque mi intención claramente es mantener y reforzar mi contacto (y el de mis hijos) con la lengua y la culturas alemanas, puede que con los años simplemente me haya vuelto más abierto hacia mis compatriotas.

Al hilo de este creciente reencuentro con “los míos”, me interesa una nueva iniciativa llamada DACHES, una especie de red de profesionales relacionados con los países de habla alemana. Definitivamente veo muchas ventajas en juntarme con gente que tiene trayectorias y experiencias similares a las mías, pero también tengo claro que cualquier nueva amistad siempre será adicional a y no sustitutiva de las que ya tengo con mi entorno español. Al fin y al cabo, vivo en España y soy un alemol.

Y tú, ¿cómo te relacionas con tus compatriotas en tu país de acogida?

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El derecho a decidir

Viñeta de Andrés Faro

Hace dos años y medio me separé. Fue una decisión muy difícil, pero bien sopesada y necesaria, y supuso el final de una larga relación, feliz durante muchos años, aunque insostenible en su etapa final. Al menos para mí. Y es que, por desgracia, a menudo el deseo de separarse es solo de una parte. Y no pasa nada. Uno puede intentar salvar una relación mientras sea posible, pero también debe reconocer cuando ha fracasado, y poner remedio. Antaño, los matrimonios se mantenían a toda costa, incluso si entre los cónyuges existían más diferencias que puntos en común. En España, la Ley de Divorcio volvió a aprobarse en 1981 tras estar derogada durante 45 años. La decisión fue polémica y contó con mucha resistencia de los sectores conservadores, pero, hoy en día, el derecho a divorciarse es algo indiscutible. Ya no existe la obligación de permanecer juntos “hasta que la muerte nos separe”, por muy mal que vaya la relación.

Los sentimientos no se eligen, y pueden cambiar. Buscar la felicidad es un derecho universal, y nadie puede imponer a otros su concepto de felicidad, que es personal y subjetivo. Si en una relación escasean los momentos de felicidad y la reconciliación resulta imposible, la separación probablemente la mejor solución. Eso sí: con respeto. No siempre es fácil mantenerse respetuosos cuando hay muchos intereses y sentimientos involucrados y las emociones (no siempre positivas) afloran. No obstante, una vez tomada la decisión –aunque sea de forma unilateral–, hay que afrontarla para que sea lo menos dolorosa y lo más pacífica posible. No se puede forzar el amor – y menos aun recurriendo a la presión, las malas palabras o incluso a la violencia.

Claro que la separación no es la solución de todos los problemas, e incluso puede conllevar otros, pero sí supone un gran alivio y abre el camino hacia un futuro nuevo, diferente y, en el caso ideal, mejor. No defiendo en absoluto la separación como remedio universal para cualquier mala relación, sino el derecho a decidir y, en último término, a decidir separarse, con o sin la conformidad de la otra parte. A la larga, es lo mejor para ambas partes. Y es que yo no quisiera estar con nadie por obligación ni que estuviera conmigo por obligación.

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