Malditos viernes

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Hoy es viernes, el que habitualmente suele ser mi peor día de la semana, como ya comenté hace tiempo. ¿Pero qué hace que el viernes sea tan malo para mí? Es fácil, es el día que más me acuerdo de Edward A. Murphy Jr. y de su ley: aunque a mí me gusta organizarme la semana, lo más normal es que sean mis clientes los que acaban organizándomela. Soy traductor autónomo, lo que implica que no siempre es fácil aplicarme un horario de oficina, sobre todo, si la oficina es mi casa. Por lo tanto, hay clientes que se toman la libertad de contactar conmigo a cualquier hora (sí, sí, he tenido llamadas a las diez de la noche o incluso algún domingo por la tarde).

Lo que convierte el viernes en un día especialmente conflictivo es que, a menudo, el cliente medio acumula trabajo hacia el final de la semana, y empieza a acordarse de su traductor favorito cuando tiene el fin de semana a la vista. Así, por ejemplo, es un clásico para mí empezar la semana trabajando tranquilamente, redactar un sinfín de presupuestos a mediados de la semana y recibir las confirmaciones correspondientes los viernes, preferentemente a las 13:55 o 18:55 horas, que son momentos cruciales en mi vida profesional y también amorosa, porque según los planes que haya hecho con mi mujer para el fin de semana y según el cliente y el encargo, el tiempo de ocio puede verse seriamente reducido. Por supuesto, aplico recargos en clientes nuevos o en encargos urgentes, y también he aprendido a decir que “no”, cuando prevalece mi/nuestro plan de fin de semana sobre cualquier encargo. Es importante “educar” a los clientes en este sentido y quitarles esta mala costumbre, ya que seguramente no contactarían con un abogado, notario o médico un viernes a última hora… No obstante, cuando se trata de un cliente habitual o un encargo “a vida o muerte”, me es más difícil negarme, sobre todo si este tipo de urgencias no es algo habitual en el cliente correspondiente.

Sea como sea, hay viernes en los que el contenido de mi bandeja de entrada de correo crece de forma exponencial, el teléfono suena de continuo, los mensajeros o comerciales “se amontonan” en la puerta y sí, „lo que puede salir mal, sale mal“. Es en este momento que me entra la risa histérica y pongo el aviso “a tope” en mi Messenger y Skype, lo que suele ser una invitación a amigos y colegas a preocuparse por mi estado. Pero claro, un sinfín de ventanitas de chat parpadeando en la pantalla no ayuda a mantener la calma… ¿Seguís pensando que estoy loco prefiriendo los lunes a los viernes?

4 Comentarios

  1. ¡Cómo te entiendo! Mi pareja es traductor y los viernes, sábados y domingos tiene que trabajar. En este sentido nos apoyamos mutuamente e incluso nos beneficia, ya que yo trabajo también los sábados y los domingos. Por lo tanto, disponemos de un par de días “entre semana” de descanso, aunque eso sí, vida social muy díficil tirando a prácticamente nula por la incompatibilidad de horarios. Lo que más odio es el no poder tener unas vacaciones normales desconectando del trabajo o el poder organizar una escapada unos días…
    ¿Cómo lo lleváis vosotros?

    • Hola, Adri: la verdad es que yo ya me he impuesto un horario casi de funcionario, más que nada para que no abusen de mi horario “flexible” y para poder estar con la familia como cualquiera. Por regla general, los festivos y fines de semana no trabajo, y me cojo vacaciones como cualquiera, avisando con antelación a mis clientes y contestando cero mensajes y llamadas de trabajo cuando estoy “de ocio”. Suena raro siendo autónomo, pero la verdad es compensa y los clientes se muestran más comprensivos de lo que me esperaba… ¡Intentadlo!

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