Sin hogar, sin vida.

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Ayer leí una noticia que me dejó a cuadros: en un cajero automático habían encontrado a un indigente muerto de nombre Nikola Korno al que, por la descripción, he reconocido como uno con el que hablé justo la semana pasada. Iba de camino a ver a un cliente cuando me lo encontré con su silla de ruedas en un parque de Valencia. Me pidió que le abriera un brik de vino, pero como no llevaba nada para cortar, no le pude ayudar. Se veía que estaba mal, pero no sospeché hasta qué punto. Ahora está muerto. La verdad es que me ha hecho reflexionar sobre las razones por las que puede haber terminado en la calle. ¿Me podría pasar a mí? Reconozco que soy de los que suelen dar alguna moneda a los que más necesitados parecen, aunque sé que con esto no les arreglo la vida. Sí, soy un hipócrita y tranquilizo mi conciencia con donaciones en vez de hacer algo realmente útil. Admiro el trabajo de los voluntarios y de las ONGs en este ámbito, pero no soy capaz de colaborar activamente. No sé si esto me convierte en mala persona, pero desde luego, me hace sentir mal ser consciente de este “poder y no querer”…

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